Cómo todo comenzó
María y Víctor se conocieron en el colegio, de esa forma casual en que ocurren las cosas importantes: a través de amigos en común, sin aviso, sin saber que ese día cambiaría todo. Ella era una más entre las conversaciones del recreo; él, alguien que de pronto empezó a buscar excusas para quedarse cerca. Pero había algo distinto en la forma en que Víctor la miraba, como si viera algo que los demás no veían, algo que valía la pena intentar. Y lo intentó. Con paciencia, con ternura, con esa convicción silenciosa de quien sabe lo que quiere. María no cayó de inmediato — las mejores historias nunca empiezan con un sí fácil. Pero poco a poco, en medio de risas compartidas y silencios cómodos, se dejó conquistar. No por grandes gestos, sino por la constancia de alguien que eligió quedarse, día tras día, hasta que ella también eligió.
Y aquí están, listos para siempre.